Filósofo brillante,
político de las sombras

El Filósofo. Igual que F. Nietzsche, Martín Heidegger en sus inicios emprendió un viaje intelectual al fascinante mundo de la antigua filosofía griega, elaboró unos enjundiosos escritos que fueron los pilares de su obra magna, “Sein und Zeit” (Ser y Tiempo) y construyó su ontología.

La epistemología, parte nuclear de la “epistemofilia” de la filosofía moderna, a partir de Descartes, es objeto de sus cuestionamientos y el autor retorna a lo ontológico, pero en parte, siguiendo los pasos de Nietzsche.

Ser y Tiempo (1927), que es posterior a “Historia y Conciencia de Clase” (1923), de Georg Lukács, se considera una de las creaciones más influyentes de la filosofía contemporánea, que precedió a otras obras que dejaron profunda huella, como “Filosofía” (1932), de Karl Jaspers y sobre todo “El Ser y la Nada” (1943), de Jean-Paúl Sartre. Ser y Tiempo centra su interés y sus reflexiones más hondas en la “cuestión del ser”. Heidegger se pronuncia resueltamente por el “Ser-ahí” (Dasein), el ser humano, un existente ontológico. En la primera parte de su libro, hace un análisis original de ese “ser-ahí”, que somos nosotros mismos; la segunda parte estudia al “ser” y su temporalidad; descubre que el “ser” es un “ser para la muerte”, por cuanto su constitución es la de un ser finito y temporal que, paradójicamente, al morir ingresa al infinito.

Las profundas lucubraciones sobre estos temas, reanuda magistralmente M. Heidegger en Ser y Tiempo, aunque para ello plantee la “destrucción del contenido tradicional de la ontología antigua” (Cfr. Op. Cit. N. 6. El problema de una destrucción de la Historia de la Ontología), razón por la cual esta obra se considera una de las más célebres de la época contemporánea, en el campo filosófico.

En esta obra aflora la excepcional capacidad de M. Heidegger para manejar el lenguaje y brindar originales orientaciones interpretativas a cuestiones ontológicas; el dominio de los recursos lingüísticos le permite interpretar la “historia del ser” desde una posición meta-filosófica; es maestro acuñador de nuevos vocablos, de difícil traducción. Desborda en neologismos, que tornan complicada la lectura de Ser y Tiempo. Sin embargo, no puede negarse que su obra filosófica es una de las más importantes de Occidente.

A más de Ser y Tiempo merecen mencionarse: Tiempo y Ser; Lógica. La pregunta por la verdad; La Fenomenología del Espíritu de Hegel; Carta sobre el Humanismo (En esta obra dice algo muy interesante: “El lenguaje es la casa del ser. Bajo su protección vive el hombre. Los pensadores y los poetas son los que velan esta protección”); La Pobreza; Arte y Poesía; Hölderlin y la esencia de la Poesía; Metafísica (Que el estimado lector me dispense por la concisión).

El Político. Los críticos de la filiación de M. Heidegger al nazismo, así como quienes le defienden, no siempre han reparado en un hecho muy decidor de este filósofo: él no fue un simple simpatizante del nazismo, como muchos otros alemanes de aquella época, que poco después sufrieron una enorme desilusión; todo lo contrario, él, con su esclarecido talento, aceptó consciente y entusiastamente la política de Adolfo Hitler y su régimen totalitario, tanto que fue el afiliado Nº 312.589 del partido nazi, pagó puntualmente sus cuotas de miembro, hasta que el oprobioso régimen colapsó y el nazismo se desintegró (desde 1933 hasta 1945). Además, elaboró discursos y proclamas a favor del Tercer Reich y de su führer, como aquel que pronunció cuando fue rector de la Universidad de Friburgo, en 1933, merced a los votos de los universitarios nazis: “Vemos la meta de la filosofía en el servicio… El führer ha despertado esta voluntad en toda la nación y la ha fundido en una única voluntad. ¡Nadie puede estar ausente el día en que muestre su voluntad! ¡Heil Hitler!” (M. Heidegger, Bekenntnis der Professoren, 1933).

Al derrumbarse el régimen hitleriano, que encarnó el odio y la barbarie, el genocidio y la destrucción, Heidegger no reveló arrepentimiento alguno. Por tal razón, cuando uno de sus discípulos, Herbert Marcuse, le reprocha en carta del 28 de agosto de 1947 su comportamiento y le pide una declaración pública de contrición, Heidegger más bien argumentó en el sentido de que las atrocidades cometidas por los aliados eran iguales que las de los nazis, con la diferencia que los crímenes de estos se mantuvieron en secreto para los alemanes. Por lo tanto, ¡se presumía su inocencia! (Carta de M. Heidegger a H. Marcuse, 20-01-1948). Al responder de esa forma, demostraba Heidegger que el recuerdo fresco todavía de la terrible conflagración desatada por el nazismo y su identificación con el régimen inhumano, no le producían la mínima vergüenza.

Por lo expuesto, concluimos: la franca adhesión de M. Heidegger al nazi-fascismo y su carencia de remordimiento, constituyen un estigma indeleble a su honra filosófica; por esto mismo el recuerdo de su vida nunca tendrá una representación monocolor, cuanto manifestaciones de grandeza, por su elevado pensamiento filosófico, pero también de miseria, porque al identificarse plenamente con la política del nazismo descendió a los abismos del oprobio.





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