LA GRAN AVENTURA HUMANA

Los estudiosos del pasado de la humanidad señalan que en el paleolítico superior no se calculaba de manera abstracta; por tal razón en huesos largos o en pedazos de madera tallados, nuestros lejanos antepasados dejaban sus signos, generalmente en forma de incisiones o muescas lineales. Estos vestigios corresponden al Auriñaciense, 35.000 a 20.000 años antes de nuestra era (a. n. e.), es decir a la época de los cromañones, aunque según el destacado investigador y matemático Georges Ifrah, el tallado todavía es un poco más antiguo: tiene por lo menos “40 milenios de antigüedad”(Cf. G. Ifrah. “Historia Universal de las cifras”. Ed. Espasa-Calpe, 1997). Esto coincide con lo que veremos más adelante: la dualización mental del mundo.
Se ha estimado que esas incisiones no corresponden a preocupaciones estéticas, sino aritméticas, lo que significa que el intelecto de los cromañones, aunque no realizaban cálculos aritméticos que requerían un notable grado de abstracción, sí lograron concebir números abstractos, comenzaron a operar mentalmente con elementos ideales que se elaboraban y existían como representaciones en su cerebro. Se trataba de una forma de pensamiento que se depuraba y profundizaba.
En esta cuestión los lógicos, que defienden su “territorio”, manifiestan que todo razonamiento constituye o es un pensamiento, pero no todo pensamiento necesariamente entraña razonamiento. En el caso del Cromañón que dejaba esas enigmáticas muescas en los huesos o pedazos de madera, ¿se trataba de un razonamiento con relación a esas incisiones? Serían los primeros pasos en ese camino, porque no entrañaban una simple asociación de ideas o signos, sino que se -conjetura- se trataba de ciertas inferencias, de ciertas conclusiones, en base a un ordenamiento y secuencia de los números, aunque ello haya sido de lo más precario.
Pero el asunto radica en que inclusive para ese incipiente ordenamiento y secuencia, se tenía que dar un paso en el camino de la abstracción, una representación mental de entes ideales, esos números-rayas que eran ¡las primeras notaciones gráficas!, procesadas en el cerebro del Cromañón. Esto fue posible porque nuestro ancestro ¡ya tenía un lenguaje bastante bien articulado y por cuanto asimismo logró una hazaña que podemos considerarla excepcional y de un inapreciable valor: dualizó mentalmente, como ya anotamos, el mundo en real e ideal; por esta razón en esos remotos tiempos -entre 50.000 a 30.000 años atrás-, aparecen las primeras manifestaciones sobre el mundo de ultratumba y figuras talladas en piedra, representativas de divinidades femeninas, como la Venus de Willendorf (25.000- 20.000 años a. n. e.), la Venus de Dolni Vestonice (c. 24.000 a. n. e.), la Venus de Grimaldi (c. 20.000 a. n. e.), entre otras.
El preludio y la aurora de la reflexión se abrían paso luego de una penumbra de miles y miles de años. Y unos milenios después, en pleno neolítico, ya encontramos al pensador: una figura humana construida en terracota, sedente en cuclillas, con los codos apoyados en las piernas y las manos en las mejillas, en actitud reflexiva. Se trataba del legendario “Rodin” prehistórico.
Únicamente faltaban dos grandes saltos que permitieron el reino, a cabalidad, de las civilizaciones: la escritura y la historia. La primera no fue sino hace unos 5.000 años que surgió, por la necesidad inaplazable de registrar, entre otras cosas, la producción del mundo del agro, su cálculo correcto y la anotación de los tiempos de siembra y vendimia, una vez que aparecieron la agricultura y la ganadería; sin duda las grandes puertas de la civilización se abrían de par en par en el Oriente Fértil, en Oriente Medio y Lejano, y siglos después en nuestra América, en las riberas orientales de África, cuna de la humanidad, y en Australia. Es que la “Revolución del Neolítico”, sin armas convencionales ni de destrucción masiva, fue una de las mayores conquistas de la humanidad, para la vida: el descubrimiento y cultivo de plantas útiles para la alimentación, la selección de semillas, la roturación de tierras aptas para el agro, así como la domesticación de los animales, permitió dejar atrás la comunidad primitiva. La escritura se encargó de perennizar los datos más importantes, las cuentas, las cronologías.
El surgimiento de la historia fue algo más complicado y requirió un tiempo mayor, sobre todo una correcta noción de nuestro tiempo, más que del eterno e inalcanzable tiempo cósmico. Por lo demás, cabe advertir que la historia no es una ciencia en la que predomina lo anfibológico, ni una especie de calambur conceptual, menos es una disciplina menesterosa de metodología, como consideran algunos teóricos. La historia, noblemente enriquecida con reflexiones, conceptos e investigaciones y rauda viajera en la nave de la evolución, cargada cada vez de más sabiduría por sus nexos con otras ciencias y por la vastedad de su campo de estudios, está destinada al servicio de la humanidad. Ese es su más hermoso atributo.
¿Qué allanó el camino al surgimiento de la historia? La capacidad consciencial de la noción del tiempo como un proceso incesante e irreversible. Esta comprensión no surgió súbitamente, sino de manera gradual y su profundización tomó sus dilatados lapsos: poco a poco el ayer se diferenció del anteayer; el pasado próximo del remoto; después, se tornó cosa común viajar al pasado, a través de la memoria recuperadora. La comprensión arcaica del tiempo se diferenciaba notablemente de la nuestra.
Así que la gran aventura de la humanidad se tomó su tiempo y está dejando su huella imperecedera.

Marco Robles López





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