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Juventud es sinónimo de emprendimiento. Juventud es energía creativa e innovadora. La juventud es la fuerza social que desafía los obstáculos y se lanza a edificar el futuro. La vitalidad de los pueblos vibra en la actividad de su juventud. De su ímpetu y orientación depende la suerte de las naciones. Si los jóvenes agotan sus talentos y destrezas en pasatiempos baladíes, la sociedad se hunde en el pantano de la inercia decadente. En cambio, si la juventud es valiente y emprendedora, es capaz de vencer los temores, dejar atrás la inmovilidad y levantarse cada día con renovado coraje para derrotar las adversidades y avanzar con paso firme hacia la autorrealización integral como un “Yo colectivo”.

Cada edad tiene sus propias características y cualidades. La niñez es tiempo de formación y aprendizaje. La juventud es tiempo de lucha y trabajo duro. La madurez es tiempo de reflexión y sabiduría. La vejez es tiempo de reposo. A lo largo de la vida hay tiempo para todo, lo importante es no confundir los momentos ni desperdiciar las ocasiones. Hay tiempo para el juego y la distracción, pero también hay tiempo para el estudio y el aprendizaje, del mismo modo que hay tiempo para el esfuerzo y trabajo productivo. Es indispensable administrar el tiempo y asignar a cada actividad el que le corresponde sin confundir lo principal con lo secundario ni lo urgente con lo importante.

En la Juventud está el poder de la especie humana. Pero ese “poder” se debe entenderlo como verbo y conjugarlo con acierto y rigor: yo puedo, tú puedes, él puede, nosotros podemos, vosotros podéis, ellos pueden. Los pueblos que han progresado a lo largo de la historia, los que aportaron con inventos y descubrimientos, los que empezando como pequeños poblados llegaron a constituirse en extraordinarios imperios como Roma, fueron los que contaron con una juventud impetuosa, esforzada, investigadora y luchadora.

La juventud, si quiere y lucha “puede” alcanzar el éxito, y de ese modo liderar, el progreso de su pueblo, en cambio, si la juventud se distrae, se confunde y desperdicia su talento, “no puede” lograr el avance colectivo. Por esto es que con todo acierto se ha dicho que la juventud lejos de ser una simple e incierta expectativa, en realidad es “el presente y el futuro”, pues, de lo que hace y deja de hacer depende el día a día de la sociedad.

La dimensión histórica de la juventud es proporcional a la magnitud de los retos que en cada circunstancia asume. Juventud que se resigna a la queja, al lamento y a la autocompasión, inevitablemente se pierde en la nebulosa de la nada y desaparece sin apenas dejar rastro de su intrascendente existencia. Juventud que disipa su energía en la novelería superflua y la pantomima del espectáculo efímero, irremediablemente se esfuma como aquella fantasmal penumbra que naufraga es la oscuridad de la sombra nocturna.

A la sociedad de nuestros días se la ha llamado “la sociedad del conocimiento y de la información”, debido a los sorprendentes e inusitados saltos que se ha registrado a nivel de ciencia y tecnología. Los avances que día a día se registran en los ámbitos de la telefonía celular, la comunicación satelital, la genética, la globalización, la informática, marcan el acelerado paso de la humanidad, que va al ritmo de los inventos y descubrimientos de la juventud de los países desarrollados, cuya educación de calidad va a la vanguardia en la formación y florecimiento de las inteligencias de sus estudiantes.

En la educación está la clave de progreso. El facilismo destroza y frustra a la juventud. En la educación exigente y a la vez motivadora, radica la fuente de empoderamiento de las nuevas generaciones. La escuela del esfuerzo y el sacrificio forjan la voluntad y el carácter del ser humano. Fortaleza y templanza son las virtudes que elevan la autoestima y proyectan las potencialidades de quienes son capaces de transformar a la circunstancia en oportunidad propicia.

En la época clásica solía decirse: “juventud divino tesoro”. Emblemática frase de sapiencia incuestionable y de actualidad irrefutable. Quien podría dudar de la juventud, de su formidable espíritu emprendedor y de su extraordinario potencial creativo. Sin embargo, este pensamiento que tanta sabiduría contiene, al mismo tiempo constituye el desafío más vibrante que puede plantearse. En cada joven está proyectar o no ese excelso atributo. Todo depende del esfuerzo que haga para cultivar su talento y desarrollar al máximo sus iniciativas. En esto radica la esencia de la libertad humana.

Cada nuevo amanecer puede constituirse en oportunidad para descubrir, inventar, crear, renovar. Refugiarse y acomodarse en el ayer es renunciar al futuro. Sumirse en la indolencia es acariciar la muerte. Mirar a otro lado es disimular el fracaso. Juventud no es tiempo para el facilismo y la desidia, sino para el estudio, el esfuerzo y el trabajo denodado.

César Augusto Alaracón C.




 

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